Fue entonces, casi por casualidad, cuando me topé con el mindfulness. Al principio era escéptico, pero la desesperación me llevó a probarlo. Pasé meses explorando diferentes técnicas, leyendo estudios científicos y experimentando en mi propia vida. Descubrí que no necesitaba horas de meditación. La clave estaba en prácticas cortas y consistentes. Empecé a destilar lo esencial, creando una rutina simple, de solo 10 minutos al día, que realmente funcionaba.